Martin Frame se disfrazaba con enfermedades: detective privado en una ciudad de detectives privados. Él era único, interpretaba con su mente la pata de palo, las cardiopatías, el hipo. Era una mente, un hombre que se compadecía del dolor ajeno. Respetaba la enfermedad, respetaba la vida.
Un día se cruzó en un parque con un ciego mientras hacía de ciego. Durante un momento el ciego gritó que volvía a ver, Martin se quedó ciego. Le pareció lógico. No era un imitador, pero las casualidades forman parte de la vida.
Cuando volvía a casa, el último día de su vida, recordaba lo fácil que había sido dejar de fumar. Llevaba ya una semana sin anotar cajetillas en su libreta de gastos.
En el último minuto de su vida, seguro de tener una solitaria puerta hacia la muerte abierta, deseó estar ciego, y que aquel ciego le viera, le tomara de la mano, le guiara un poco más allá: hasta el jardín de Rose.
Ese día, entre las piedras marrones, Luiperin encontró una zapatería de ogros. Estaba llena de caballos bastardos, niños huérfanos con ropas del medioevo, cabras con piernas humanas... ' llena de vida', pensó. Se iba consumiendo con cada mirada a través de la piedra transparente del escaparate. De niño, sus pesadillas le contaban como un hombre rubio, de ojos puros y azules, alto como un elefante, le amenazaba con su suave voz. Salía de sus gruesos labios un pequeño mantra que le horrorizaba: 'Únete a nuestros 10 millones de clientes'.
Ogros, en su mundo azul de piedras tejían carnes azarosas, y su hilo era la memoria de los que buscaban la Gran Felicidad. Un estigma verdadero, un lugar deseado. La minoría siempre existía, era un destino lógico.
Pensaba Luiperin en la belleza del hombre rubio, en la falta de honra hacia sus antepasados. Toda aquella belleza en un solo hombre, y tantos seres necesitados, sin ninguna flor a la que acudir.
Recordaba una noche en casa de Atlas, observando como sostenía el mundo en una habitación rodeada de espejos. 'Todos esos reflejos son reales'-decía Atlas- 'sin ellos, yo no existiría, otros mundos no podrían existir'. Aquella noche soñó con el hombre rubio.
La zapatería de ogros, sin puertas. Con vida. El hombre rubio, un sueño. Sin vida.
Pero, ¿y él mismo? 'Luiperin, ¿quién me puso ese nombre?'
Las piedras se abrían a un lado de la calle. Bajo un saliente vió el balcón de su casa. Alguien esperaba bajo. Alguien como él. Se fundieron al verse. Dejó de pensar en todo aquello. Alguien como él también.